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Fundación Manos Limpias

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Las plantas mágicas de los dioses

 

 

Las primeras formas de vida en la tierra fueron de tipo vegetal. La íntima relación entre el mundo vegetal y el organismo humano se manifiesta en particular en que algunas plantas producen sustancias que pueden influir en las profundidades de la mente y del espíritu del hombre. ¿Entonces por qué satanizar el uso de las plantas y sus derivados que elevan la conciencia y que han formado parte de las experiencias humanas por milenios? Por una sencilla razón: La demanda de mercados como el de Norteamérica, Europa y últimamente el Medio Oriente y Asia, han convertido el uso de las plantas medicinales y recreativas en un negocio que genera miles y miles de muertos, además de producir una cantidad inigualable de dinero que ha permeado la conciencia de los pueblos que han luchado y luchan en contra del narcotráfico.

El uso de las plantas mágicas ha estado presente en todo el globo y en todos los tiempos. Se puede recordar de improvisto a Hipócrates que preconizó el uso del opio para el tratamiento de las leucorreas y los sofocos uterinos. La Roma imperial añadió a sus virtudes y vicios, los vicios y virtudes de los pueblos conquistados así, Virgilio en su Eneida dice que Eneas «dormirá al feroz león de las Hespérides con el zumo de las adormideras». Debe decirse que el opio es una mezcla compleja de sustancias que se extrae de las cápsulas de la adormidera (Papaver somniferum), que contienen la droga narcótica y analgésica llamada morfina y otros alcaloides. El opio tebaico aparece ya mencionado por Homero en la Odisea, como algo que “hace olvidar cualquier pena” y que los griegos utilizaban con fines lúdicos y medicinales. En Persia, en el siglo XI, Avicena, el mayor médico de la cultura islámica lo utilizaba como eutanásico.

En cuanto a los diferentes pueblos indígenas del mundo, las plantas mágicas han sido la base de ritos religiosos, que hacen parte de su identidad y de su cultura. No obstante, estos ritos han sido desplazados por el proceso químico que se ha privilegiado y que derivó en el consumo social y la adicción.

Por su parte, la Marihuana o Cannabis Sativa o Cannabis Indica ha sido popular en el Asia desde hace milenios y hoy en día es el narcótico más importante de los países islámicos. Fueron los médicos árabes quienes la llevaron a Europa y enseñaron sus efectos farmacológicos. Los musulmanes usaron el hachís como arma política. Un personaje conocido como «el viejo de la montaña» organizó una secta de fanáticos que, estando bajo el efecto del THC (el principal ingrediente activo de la Cannabis) combatían a los cruzados, los denominaron los «haschischin», de donde deriva la palabra castellana «asesino». Los primeros estudios serios sobre la marihuana fueron hechos por los sabios que acompañaron a Napoleón a Egipto. A su vez, la coca (Erythroxilón coca y otras variedades) es una planta de origen americano, y cuyo uso ha sido milenario entre los nativos, quienes la utilizaban con fines rituales (tener experiencias de acercamiento y revelación por parte de sus deidades) y también la consumían de manera regular debido a su efecto mitigante del hambre y productor de euforia.

Lo anterior ayuda a ilustrar, de manera breve, cómo a través de la historia las plantas mágicas han recorrido este mundo sideral. Sin embargo, hoy en día no faltan los detractores del uso de las plantas que en sus inicios fueron utilizadas para atacar enfermedades y como parte de la identidad de pueblos originarios. El caso del opio, por ejemplo, que se convirtió en un dolor de cabeza debido al tráfico infame de los europeos, específicamente los ingleses, que armaron en su momento la guerra de esta sustancia. En otras latitudes, esta guerra por el dominio originó el surgimiento de los llamados carteles. Los colombianos sabemos bastante de eso.

Dos periodistas mexicanos, Ignacio Alvarado y Julián Cardona han dicho que, durante décadas, los “carteles” han sido un dispositivo simbólico cuya función principal consiste en ocultar las verdaderas redes del poder oficial que determinaban los flujos del tráfico de drogas. Esa realidad también se impuso en Colombia. El narcotráfico, ha sido la peor pesadilla que ha padecido nuestra sociedad ya que generó un conflicto de intereses que involucró a toda la población. Nadie puede negar que el conflicto armado ha sido atravesado por los carteles de la droga y que aún hoy, después de haber firmado el Acuerdo de Paz en la Habana, los cultivos ilícitos no han disminuido, por el contrario, éstos se han incrementado en un 200 por ciento. Al no diseñar el Estado una política seria y autónoma que controle realmente la producción, distribución y consumo de sustancias alucinógenas, el país ha sido sometido a un perpetuo río de sangre, dolor y sufrimiento y, se convirtió en un lugar extremadamente inseguro para el desarrollo económico, social y político.

El científico de las ciencias sociales mexicanas, el sociólogo Luis Astorga, fue el primero en observar la construcción simbólica de lo que creemos que sabemos del tráfico de drogas. Según él, la figura del traficante es un mito basado en una “matriz” del lenguaje por medio de la cual el Estado determina las reglas de enunciación de eso que pronto nos acostumbramos a llamar “narcos”. Sin embargo, esa “matriz” no explica los alcances reales de los traficantes y menos del tráfico de drogas. Un buen ejemplo de ello es Colombia. Los carteles mexicanos abrieron las rutas en los años ochenta del más grande tráfico de cocaína en el mundo.

Don Miguel Ángel Félix Gallardo, más conocido como “el jefe de jefes”, negoció el corredor o ruta, desde Colombia, pasando por México y llegando a los Estados Unidos, con los carteles colombianos, encabezados por Pablo Escobar Gaviria, jefe máximo del cartel de Medellín y los hermanos Miguel y Gilberto Rodríguez Orejuela, miembros fundadores del cartel de Cali. Sin olvidar que, hoy por hoy, los carteles mexicanos, encabezados por los Zetas y el cartel de Sinaloa, están instalados en el país, traficando en el continente y utilizando las fronteras para los envíos de cocaína al resto del mundo. El negocio involucra al Estado, a las fuerzas militares y a las bandas criminales que pasaron a ocupar los territorios que abandonaron las extintas FARC. Tampoco debemos olvidar que este fenómeno tuvo su origen en los años setenta, en el gran auge de la bonanza marimbera en la Costa Caribe Colombiana, auspiciada por los políticos de turno y la sociedad colombiana que permitió que el negocio de la ilegalidad se tomara las bases éticas de la nación.

Según datos oficiales proporcionado por el Departamento Nacional de Planeación, el gobierno de Estados Unidos hizo una inversión de 9600 millones de dólares y el gobierno colombiano destinó 131 millones de dólares para llevar a cabo la fumigación de cultivos, la profesionalización de las fuerzas militares, la política antidroga, el Plan Colombia, el fortalecimiento operacional de la fuerza pública y la lucha contra la producción del narcotráfico y el crecimiento de las fuerzas irregulares. Sin embargo, los resultados no fueron lo que se esperaba. Con el Plan Colombia, entre 1999 y 2006, el país pasó de tener ciertos departamentos infestados de coca, a tener gran parte del territorio con la siembra. Por ejemplo, entre el 2014 y el 2015, el país pasó de 112.000 hectáreas de coca a 144.000, lo anterior debido a muchos factores, entre ellos, la caída del petróleo y la devaluación del peso. En cuanto al año 2017, las hectáreas cultivadas fueron 171.000.

Pese a este sombrío y fracasado panorama, el Estado colombiano se rehúsa a presentar una política seria y autónoma para la lucha contra el narcotráfico. No hay que dejar de lado tampoco las cifras del consumo, las muertes causadas por el micro tráfico y la combinación de bandas criminales, paramilitares y carteles mexicanos. Son más de diez billones de pesos invertidos en capturas de narcotraficantes, más de 25.000 personas muertas, de las cuales 6.992 pertenecían a la fuerza pública y más de 210 mil millones para sostener la población carcelaria.

Todo este panorama demuestra que el paradigma prohibicionista, punitivo y militarista es ineficiente. Políticas, como las que plantea el gobierno de turno son deficientes, y condenan al país al subdesarrollo y al ostracismo, pues lo único que se ha conseguido es el aumento del consumo, de la producción y de las mafias que se relacionan con las fronteras para convertir a Colombia en el máximo productor de cocaína del mundo y a su vez en el cementerio más grande de líderes sociales asesinados. Se debe buscar una salida a través de la regulación, los derechos humanos y la salud pública.

Desde nuestro punto de vista, la transformación de los territorios sigue siendo el camino más claro para lograr la paz y el desarrollo en Colombia. Se deben igualmente identificar “alternativas realistas” para las demarcaciones donde se cultiva coca, las cuales tendrían que incorporar ciertos instrumentos de conservación, que contribuyan a la estabilización de la intervención sobre el medio natural y que reduzca, por consiguiente la deforestación.

Frente a este panorama que nos refleja una realidad cruda y poco alentadora, la palabra utopía hace su arribo y un grupo de Senadores, de diferentes bancadas pertenecientes a ocho partidos, decide hacer una Alianza Interparlamentaria, que integra incluso a Representantes a la Cámara. Esta alianza buscará abordar el tema del narcotráfico de una manera peculiar. Se trata de trabajar por la regulación de las drogas, así como en el pasado se reguló el consumo del tabaco y el consumo del alcohol. Esto permitirá que el país crezca y se modernice y no esté condenado a vivir otros cien años de Soledad.

Nota. En la Casa de la Moneda de la ciudad de Popayán, Cauca, el 31 de mayo de 2019, se realizará una audiencia pública en la que se abordará el fracaso de la guerra contra el narcotráfico en los territorios y para que, a partir de lo que se debata, emerjan los insumos para la construcción de proyectos de ley cuyo objetivo es presentar el 20 de Julio del presente año, un paquete legislativo al congreso.

Duvan Carvajal Restrepo

Fundación Manos Limpias.

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