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Fundación Manos Limpias

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TRÍPTICO DE LA INFAMIA

Celebrar los funerales. Mauricio Lezama, el gigante

 

 

El cine es el álbum fotográfico de un país, es el álbum de la memoria de una región. Así lo entendía Mauricio Lezama, un director de cine que se había ganado el estímulo del Ministerio de Cultura para el desarrollo de un proyecto regional que se iba a llamar Mayo. La historia de una lideresa social del Departamento de Arauca que vivió el exterminio de la Unión Patriótica y presenció el asesinato de su esposo Arsenio, el dueño de la única farmacia existente en el corregimiento de la Esmeralda, departamento de Arauca. Es por esta íntima convicción, que el futuro no puede ser ajeno a la historia, que el director caleño con acento llanero, fue baleado el día jueves 9 de mayo de 2019 en el municipio de Arauquita, mientras departía en una tienda con su camarógrafo Ricardo Llaín. Tiendas, cantinas, billares, panaderías y cualquier lugar en el territorio nacional son propicios para matar a los líderes sociales que desafían con su palabra el horror que está viviendo la nación.

 

Porque no se puede olvidar que un país sin memoria es un país sin historia, están silenciando a aquellos que hacen lo imposible para que ésta se conserve, los contadores de historias, los narradores visuales, los amantes de las letras e imágenes. Es lamentable que el ganador de la beca del Fondo de Desarrollo Cinematográfico de Relatos Regionales haya sido asesinado por un grupo de desconocidos que llegaron en una motocicleta y le dispararon a quemarropa, hiriendo también a Ricardo Llaín y dejando a dos niños huérfanos que no entienden por qué su papá fue asesinado, si lo único que hizo durante su vida fue brindar felicidad, a través de la cajita mágica, con la que se desplazó por la frontera entre dos naciones hermanas, tendiendo un extraño puente entre el mundo de la imágenes y el mundo de los conceptos que previene un poco al hombre de las oscuras vueltas del laberinto y quiere ayudarle a buscar el agujero de salida. A eso, a fomentar la construcción de un camino que condujera a la paz, a eso le apostaba el cineasta, el padre, el amigo, a eso, a la conquista de la paz, y que por infortunio de las tardes veraniegas que llegan con el asombro de la muerte, partió a la eternidad.

 

Si me vas a matar, mírame de frente

 

La antropología colombiana está de luto. En la noche del sábado 11 de mayo, en el municipio de San Agustín, Huila, fue asesinado el antropólogo Luis Manuel Salamanca Galindez mientras caminaba por el parque San Martín. Desconocidos le dispararon en la cabeza, dos impactos con arma de fuego le cegaron la vida, aunque llegó vivo al hospital Arsenio Repizo Vanegas, nada se pudo hacer. La ignominia y el tramo, hasta el alto de las ventanas que conducen al más allá, le ganaron a la vida y Luis Manuel pasó a engrosar la larga lista de líderes sociales asesinados en el país.

 

Un país que nos recuerda que se debe asesinar a la memoria y que el espectáculo de la muerte refleja los perfiles abismales de la sociedad que no ha respondido de manera vehemente frente a los hechos que están desgastando a los contadores de historias, o los guardianes de la memoria, pues qué más puede desarrollar un académico como el asesinado antropólogo que había publicado un trabajo llamado, “Exploraciones arqueológicas en la bota Caucana”. ¿Acaso no se tiene derecho, en un momento de libertad, de orden, y de autodeterminación tomar las manos de los otros y narrar las historias de los hombres que nos antecedieron? ¿Será que los señores de la guerra creen que los antropólogos, son arqueólogos de la muerte y que andan armados como un famoso personaje del cine de los Estados Unidos de Norteamérica? Pues no, son mortales y lo único que hacen en la vida es ir por los territorios, armados de una pluma, de un cuaderno, a lo sumo de una computadora y de una cámara fotográfica para retratar la memoria de los hombres que pueblan nuestras playas, nuestras tierras, nuestras montañas colombianas. A Luis Manuel, le vamos a extrañar, la Antropología de este bendito país y los pobladores de San Agustín, junto a su familia le dicen hasta pronto, tranquilo, su memoria está viva en cada una de las investigaciones que realizó y en cada uno de los estudiantes, nacionales y extranjeros que pasaron por sus dominios, esos que sólo un gestor cultural puede percibir, los dominios del conocimiento. Maestro, buen viaje, nos vemos en la eternidad.

 

Como alumbraban los luceros

 

El martes 7 de mayo del presente año, se encontraron tres cuerpos sin vida en una playa de Buenavista. Los moradores trasladaron los cadáveres desde la playa, hasta el casco urbano del Municipio de Iscuandé, en el Departamento de Nariño. Milton Hernández de 30 años, Carlos Obando de 55 y su hijo Daniel Obando de 30 años se suman a esa cadena de líderes sociales asesinados en Colombia. La muerte no para, la barbarie y el exterminio de la memoria, tampoco.

 

Vamos unos dormidos y otros sonámbulos, otros deliran. Y sin embargo, los desafíos de la vida son quemaduras como cadáveres al lomo de la niebla y estos tres líderes sociales fueron baleados y acuchillados sin tener razones suficientes para determinar el crimen. El brigadier general, Ricardo Augusto Alarcón Campos, comandante del Comando Especial de Policía en el Pacifico Sur, expresó que iniciaron las pesquisas para establecer quiénes son los responsables de este acto criminal que acabó con la vida de tres líderes pertenecientes al Consejo menor de la cuenca del Río Iscuandé.

 

Y así, de esta manera, el país continúa y el Estado Colombiano niega rotundamente el asesinato sistemático de los líderes sociales, desconociendo que durante el año 2018 al menos 648 dirigentes cívicos, líderes sociales, integrantes de juntas de acción comunal y campesinos, que de una u otra forma trabajan por la comunidad, fueron asesinados, otros 1151 fueron amenazados y 22 desaparecidos. Estas cifras, pertenecen al CINEP, Centro de Investigación y Educación Popular que manifiesta que el Estado Colombiano busca ocultar las muertes de los líderes sociales, vinculándolas a atracos y a líos de faldas, y lo más grave, se frenan las investigaciones e identificación de los victimarios debido a que supuestamente los asesinos son encapuchados o desconocidos, lo que aumenta el anonimato como fuerza de exterminio de las bases comunales.

 

No más lideres asesinados, en la Era Duque.

 

Duvan Carvajal Restrepo.

Fundación Manos Limpias.

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